El autor





Jorge Lázaro nació allá por 1993, el año del gallo, en una fecha dedicada al Día de la Madre y a la festividad maya del inicio de las lluvias. Fue un niño precoz en muchas cosas: se cayó por unas escaleras antes incluso de haber nacido, su madre le ponía discos de Rammstein cuando tenía años, y cuando contaba solo con ocho El HobbitEl conde de Montecristo, y El señor de los anillos se convirtieron en sus primeras novelas. A partir de ahí, el camino no tenía vuelta atrás. Con 13 años sufrió la pérdida de un amigo y, siguiendo los pasos de su tío-abuelo Agapito Pérez Bodega, decidió convertirse en poeta. La gente dice que es por la vena artística presente en los O- de su familia, pero él aún no se ha pronunciado al respecto.

Desde entonces, ha cambiado de metas en la vida tantas veces como puede recordar. Terminó estudiando cosas de muertos, especializándose en Mitología, y dando las noticias del ahora. Trabaja como crítico en varias revistas, pero apenas le pagan. También es profesor, y hay quien dice que incluso se le da bien. Compone música, pero no sabe tocar ningún instrumento. Ha conocido a Javier Negrete, Maeve Jinkins, Mick Garris, Magnus Dagon, Leopoldo María Panero, Santiago Posteguillo, Huecco, María de Medeiros, Azpiri, Fernando Alonso, Kutxi Romero y muchos otros que no vienen a cuento; y una vez Joaquín Reyes le dijo que tenía talento para la comedia. A veces le da por desnudarse por la calle y disfrazarse de indio.

Y en cuanto a la literatura que nos ocupa, tiene varias novelas entre manos, algunas por su cuenta y otras como proyectos conjuntos. Uno de ellos es la novela-río El Rifle libertino, cuya publicación prevé para el año 2015. Ya ha publicado dos antologías de poesía, Réquiem por un sueño y Sueños de cristal, y está a punto de terminar la tercera: Cristales en cada cielo.

Aún no ha decidido cuándo va a morir. Él quiere desaparecer a los 27, pero su musa se lo tiene terminantemente prohibido. Su epitafio probablemente sea algo sencillo y absurdo.